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Triangulo Dorado      07/12/2014

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TRIANGULO DORADO

El arte de gobernar encuentra su sentido en la satisfacción de los gobernados. Es el gobernante quien debe sacrificar sus aspiraciones íntimas, sus egoístas intereses, la mayor parte de su tiempo, en beneficio de aquellos.


El arte de pintar encuentra su sentido en la satisfacción intima del pintor. El artista debe potenciar sus aspiraciones intimas en el logro de su creación sin escatimar esfuerzos. Su codicia se somete a la satisfacción estética.


Esta leve y sustancial divergencia nos conduce a un punto de encuentro entre el político y el artista, entre la Politica y el Arte, es decir, entre lo etico y lo estetico.

Las expresiones no éticas del político, el político busca matizarlas en la estética del artista potencial, cuando se da el caso, raras veces, por cierto. Quizas por eso muy rara vez encontramos un artista fungiendo como político. Su entrega total es a la satisfacción estética, lejos de los ajetreos políticos. Los políticos son al arte de pintar un poco o un mucho menos de lo que “ la música militar ha sido para la música”.


La Pintura es universal y acogedora. Prescinde de consideraciones éticas y más bien agrupa estas en su estética. Como también arropa en sus lienzos las veleidades pictóricas de algunos políticos, muy pocos, como afirmamos antes, que deciden tomar los pinceles y embriagarse en oleos o acrílicos e ideas de plasmar en la tela algo de todo aquello que hubiesen querido plasmar en beneficio de sus gobernados.

La Naturaleza se ha encargado de colocar en los vértices de un triangulo geográfico de la política a tres figuras presidenciales dispuestas a librar batallas pictóricas en sus respectivos caballetes, de frente a sus flaquezas en lo político y en lo pictórico y de espaldas a la maledicencia de unos o los parabienes de otros.


Si unimos mediante líneas en el mapa mundial las capitales desde las cuales gobernaron, logramos conformar el triangulo de los exmandatarios embelesados con el arte de pintar; aunque no formamos con ellos el triangulo dorado de la pintura, tan valioso al arte y tan útil a los artistas, sí lograremos contemplar un legado artístico independientemente de su legado político.


Es el triángulo conformado por los exmandatarios Winston Churchill en Londres, Belisario Betancur en Bogota y George W. Bush en Washington. Coinciden en haber gobernado bajo la insignia conservadora en épocas diferentes y, por supuesto, con resultados favorables o cuestionables desde diversas orillas. Tambien porque presenciaron o protagonizaron hechos nefastos con saldos de victimas incineradas por el fuego .

El ingles tuvo aciertos históricos en diferentes frentes del conflicto humano como también en el manejo de la perspectiva para resolver situaciones de guerra amenazadoras del bienestar y progreso mundiales. Son valiosos frutos aquellos que legó como pensamientos filosóficos y literarios, por los cuales mereció la distinción del Nobel en las letras sin dejar de lado la posibilidad de que también sea galardonado en materia pictórica por alguna de sus inspiraciones en el caballete.


En el vértice inferior de aquel triangulo, cuya región es tan rica en recursos naturales como en corrupción, monta su estudio de pintor el expresidente Belisario Betancur, ávido de relajarse frente al lienzo y extenderse en logros artísticos ojalá no tan escasos como los logros políticos para sus gobernados.


Pintó muchísimas palomas blancas de la paz en Colombia y les dibujó inmensas alas para que volaran muy alto. Estas alcanzaron un peso enorme debido a la cantidad de dádivas mezcladas con beneficios de diferentes matices que impidieron el despegue hacia reales horizontes de paz y prosperidad.

Las palomas se transformaron en bichos de corto vuelo, repulsivos a los colombianos porque dimanaban terror y muerte por doquier, apestaban a corrupción y sangre en todas las capas de la sociedad.


Como dicen los artistas, “ dejó ensuciar la paleta” a tal extremo que ni el político podía mostrar alguna audacia ni el artista lograba combinación alguna que limpiara el lienzo de los nefastos acontrecimientos: El azul conservador de su partido no pintaba en el firmamento; el verde en su paleta no revelaba las montañas paisas de su origen; tampoco los cenizos colores de las minas donde jugaba de niño a ser el líder de la comunidad o el color rojo que, aun sin querer usarlo, escandalizaba y causaba pavor porque constantemente dejaba una estela de dolor y muerte; rojo que  teñiría de sangre todo su mandato en el holocausto de los magistrados e inocentes victimas del Palacio de Justicia.


Por su parte, George W. Bush no supo difuminar el tono encendido de sus enconos contra Irak, posiblemente heredados de la codicia de su padre. Tampoco mostró destrezas en el manejo de la perspectiva de una realidad distorsionada a su amaño, ni sus pinceladas despejaron  las sombras que dejaban sus pocas acciones en la porción latinoamericana de su política exterior, cuyas naciones sintieron los efluvios de la discriminación y el olvido.


Corrupcion, devaluación, debacle financiera, bancaria, inmobiliaria e industrial, fueron pincelazos tirados al desgaire sobre un lienzo cuya imprimación de finísima factura Clinton reflejaba, al comienzo de la administración Bush, la prosperidad americana sin baches en las arcas de la nacion.

En el caballete del expresidente artista se ha desdibujado no solo la opulencia del tesoro sino el orgullo del poderoso ejercito americano y los más sobresalientes símbolos del poder y la grandeza americanas, como fueron reconocidas las torres gemelas de Nueva York, remembranza que desearía no invocar más para no alterar el espíritu ni los colores en la paleta de quien esto escribe.

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Luis Fernanado Valencia Quintero

Columnista

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El Arte en el Tapete 04/01/2014

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ARTE EN EL TAPETE

 

Mi anfitrión no dejaba de observarme mientras hablaba. Yo estaba absorto con la singularidad a medio desenrollar en el piso. Sobresalía entre los objetos de fina factura dispersos por todo el salón a manera de un  mercado persa improvisado para la ocasión.


Era una pieza preciosa por el volumen de sus tejidos, la calidad del material,  por su colorido,  tan apropiado al diseño.  Algunas formas se me antojaban ciertamente familiares. Lo observe con detenimiento.  Definitivamente era una obra de arte destinada a  reposar en la hidalguía, entre  murmullos y pisadas, que no pisoteadas, de caballeros andantes y visitantes  pedestres.


El anfitrión, diplomático de carrera, me comentó con inocultable petulancia que lo había adquirido en Rusia hacía largos años, lo extendió en Inglaterra y Polonia mucho tiempo y había vuelto a enrollarlo en Italia para trasladarlo a  su  nuevo destino.


 Especulaba con que  el  tapete era persa, que campeó  en distintos escenarios  europeos resistiendo,  sin sufrir detrimento alguno,  la  estampida de nobles y no tan nobles  afectos al coctel vespertino propio de los círculos diplomáticos   hasta que, finalmente,  la fatiga, - la de el,  puesto  que el tapete aun mostrábase vigoroso-,  inducíale a venderlo  con otras pertenencias.


Y  también – decía emocionado -  que perteneció a  Rasputín, quien lo heredó de Nicolás III,  en cuyas manos  o, - como seria más preciso decir-  a cuyos pies cayeron ebrias de pasión las más bellas damas del Imperio.


Como el arte es belleza y la belleza igual que la verdad se revela,  hube de revelar lo que había visto un momento antes mientras lo observaba y que quise callar hasta  el instante apropiado.

- A pesar de tan hidalgas tenencias  - dije -,  la realeza del tapete no proviene  de su nobilísima tradición  sino de su modesto origen .  


Exhibe en uno de sus bordes una diminuta marquilla  al respaldo, en la cual indica: “ Hecho a mano en Colombia”.


El anfitrión quedó atónito: –“ No puede ser! No puede ser!”

-Sí! Asi es.  Hecho en Colombia. Y muy probablemente en uno de los talleres de Cajicá, con mucho trabajo mal remunerado pero con el inmenso amor al oficio y la especial dedicación de unas manos prodigiosas: la de nuestros artesanos, verdaderos artistas cuyo trabajo dignifica la representación  colombiana ante el mundo.

 

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Luis Fernanado Valencia Quintero

Columnista

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