Mi papá se llama Adán y mi mamá se llama Carlos 09/12/2012

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Crecí entre mujeres, sí. Y aunque más de uno ha intentado buscar, creído encontrar o escarbado para hallar mi lado homosexual, todo el mundo sabe bien que me fascinan los hombres tanto como admiro a las mujeres, es decir, mucho.

Crecí entre mujeres. No eran lesbianas, pero la mayoría eran mujeres. Mi mamá, Esperanza, ponía las reglas; mi nana Celina me cuidaba; mi nona María me alcahueteaba; mi tía Flor fue como la hermana mayor que me ayudaba o regañaba, y mi prima Luddy era como la hermana menor que me imitaba o me aguantaba.

 

La mayoría de mis amigos son homosexuales. La mayoría de ellos ha crecido con un papá y una mamá heterosexuales, con hermanos y hermanas heterosexuales, primos y primas heterosexuales. Y aún así no han podido evitar sentirse homosexuales, ni actuar como homosexuales, ni pensar como homosexuales. Es decir, no han podido evitar ser homosexuales, por más psicólogo, médico, pastor, cura o exorcista que haya intentado ‘curar el mal’.

 

Sé que mi racionamiento es muy básico y que mis argumentos tal vez no sean comprendidos por los más conservadores, pero yo tampoco entiendo los de ellos. O más bien, siempre me quedo esperando sus argumentos y al final no los encuentro.

 

Y todo esto para hablar, pensar, hacer pensar y preguntar por la opción de las parejas homosexuales de adoptar niños. En Colombia apenas se ha mencionado el tema y las veces en que se ha hecho el cielo no ha sido el límite que ha parado los gritos de los puritanos, los católicos conservadores y las opiniones más costumbristas.

 

No conozco un impedimento o argumento científico, sociológico, biológico, antropológico y mucho menos político para no permitir la adopción a las familias homosexuales. Solo he conocido razones y réplicas basadas en la moral o el ideal religioso cristiano.

 

Menos mal hay gente y políticos racionales que nos dan un respiro en medio de tanto olor a moho de las viejas ideas, del olor a guardado por tanto clóset cerrado. El Senado de Uruguay aprobó una reforma al Código de la Niñez y la Adolescencia con la que las parejas homosexuales con cuatro años de unión civil o concubinato pueden iniciar el proceso de adopción de un menor, con las mismas condiciones que las parejas heterosexuales.

 

Por más berrinches de la Iglesia, 17 de los 23 senadores aprobaron el cambio, no para defender los derechos de los homosexuales sino los de los niños.

 

El Estado colombiano, pero sobre todo los políticos que integran los órganos del poder colombiano, deberían pensar si es más importante que un niño crezca en una familia homosexual o que un niño crezca sin familia, en las calles o con un papá y una mamá que lo maltratan y le roban su niñez.



Maria Astrid Toscano

Periodista y Comunicadora social

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