La necesidad de la seguridad

Desde los acontecimientos ocurridos en Nueva York en 2001, la palabra seguridad está en boca de todos casi a diario. Proveniente del latín, se refiere originalmente a la ausencia de riesgo o a la confianza en alguien o algo y la necesidad de seguridad ocupa el segundo nivel en la pirámide de Maslow, después de las necesidades fisiológicas, también llamadas básicas. Además, según la teoría de las necesidades de Malinowski, la seguridad se encuentra también dentro de las 7 necesidades básicas a satisfacer por el ser humano. Es por consiguiente evidente que el concepto de seguridad es una prioridad para todo ser humano… y sin embargo… ¿podemos sentirnos seguros? Dados los últimos acontecimientos ocurridos en Niza (Francia) el 14 de julio pasado, en Berlín (Alemania) el 19 de diciembre 2016, en Estambul (Turquía) y en el aeropuerto de Fort Lauderdale (USA) a principios de año –por citar sólo algunos– tenemos razones para preocuparnos.  

 

Es cierto que la seguridad se ha reforzado en algunos sitios. Hablando de los lugares que mejor conozco, es cierto que alrededor de la Sagrada Familia de Barcelona (España), objetivo señalado por bandas terroristas, se encuentran algunos policías armados hasta los dientes pero dentro, dado el número de visitantes que recibe cada día y los controles superficiales realizados, no podemos decir que esta presencia policial exterior vaya a impedir actos violentos. Asimismo, en el metro de la ciudad condal es fácil encontrarse con vigilantes de seguridad durante la semana laboral. Sin embargo, los viernes y sábados por la noche, así como durante todo el fin de semana, cuando muchos jóvenes (y no tan jóvenes) salen y cogen este medio de transporte, habiendo bebido más de la cuenta, habiendo tomado drogas, o bebiendo alcohol en el mismo anden o tren, desaparece la vigilancia como por arte de magia.  

 

Si hablamos de Francia, es verdad que resulta casi imposible ir por un aeropuerto importante sin cruzarse con militares. Sin embargo, durante estas navidades tomé un tren de alta velocidad internacional sin que llegaran a controlar ni mi equipaje, ni mi carnet de identidad. ¡Ni siquiera me pidieron el billete para poder subir al tren!... algo que debería ser, en mi opinión, básico, y sobre todo cuando el país está en alerta naranja o roja ante posibles atentados. 

 

En cualquier caso, si echamos la vista atrás, lo que llamamos terrorismo siempre ha existido y siempre existirá. El problema es que cada vez más gente lo asocia a ciertas nacionalidades, razas y/o religiones, cuando en realidad el acto terrorista es única responsabilidad y culpa de quien lo comete. A lo largo de la historia, muchas personas han cometido actos violentos en nombre de una religión u otra, de una “raza” u otra, de una nacionalidad u otra (por sólo poner un par de ejemplos, recordemos la Inquisición o los actos cometidos por el Klu Klux Klan) y acaban pagando justos por pecadores. Pero, ¿cómo confiar en lo que vemos cuando algunos individuos haciéndose pasar por civiles que temían por su vida en Alepo (Siria) pertenecían en realidad al frente terrorista Fath al-Sham, como ocurrió poco antes de Navidad en las redes sociales? ¿A qué nos lleva esto?... a no confiar en nadie, a la impasibilidad ante la desgracia y la miseria ajena. 

 

¿Cuál es (o sería) el precio moral de sentirnos más seguros? Indudablemente una restricción de nuestras libertades debido a un mayor control de nuestra vida, tanto en las redes sociales como por la calle con la colocación de cámaras, el posible seguimiento de una persona gracias al GPS incluido en los móviles, en los coches, al control de lo que compra o deja de comprar una persona que paga con tarjeta bancaria o a través de su teléfono,…. ¿Estamos dispuestos a ello? ¿Qué tiene más valor para nosotros, sabiendo que el riesgo 0 no existe? 

 

Escrito por; Caroline Mervaille, Columnista www.latribunacolus.com