COP21: un nuevo juego diplomático

Fue a las 19h29 exactamente del pasado 12 de diciembre que, después de 24 horas de prórroga, los representantes de 195 países reunidos en Paris desde el 30 de noviembre, bajo fuertes medidas de protección, llegaron a un acuerdo para limitar el calentamiento global. Sin embargo, este acuerdo no se firmará hasta abril del 2016 y, peor aún, no entrará en vigor hasta el año 2020.

 

Laurent Fabius, presidente de la COP21, ministro de asuntos exteriores y cooperación internacional de Francia, recordado por su implicación en el escándalo de la sangre contaminada por VIH en los años 80 y 90, hacía entonces resonar su martillo para sellar ese acuerdo, después de haber hecho caso omiso de algunos representantes que pedían la palabra para expresar objeciones, como fue el caso de las delegaciones de Turquía y Nicaragua. Este último fue luego autorizado a hablar y mostró su decepción al recordar que este acuerdo nos dejaba en la misma trayectoria de una subida del calentamiento de 3ºC (puesto que hasta 2020 nos quedamos con los mismos INDC, contribuciones previstas y determinadas a nivel nacional), dejando ver que el texto resultaba del todo incoherente y que no tomaba en cuenta las recomendaciones científicas. Comentario apartado por Fabius con un revés de la mano.

 

El acuerdo en si garantiza una financiación de mínimo 100.000 millones de dólares a partir de 2020, tema importante para establecer confianza entre los países occidentales y el grupo de los 77; así como la revisión del acuerdo cada 5 años (esto también a partir de 2020) y la confirmación del principio de responsabilidad común y diferenciada: los esfuerzos para llegar a reducir las emisiones de gases de efecto invernadero han de ser proporcionales a las responsabilidades y a los medios de cada país. El acuerdo también hace mención al objetivo de mantener debajo de los 2ºC el calentamiento global, y de ser posible a 1,5ºC, límite por encima del cual los estados insulares se verán sumergidos. Sin embargo, varias preguntas se plantean entonces: ¿por qué establecer un pico máximo de las emisiones en lugar de tener por objetivo su reducción (que, según el GIEC tendría que situarse entre 40 y 70 % antes del 2050)?, y sobre todo, ¿por qué esperar a 2020 para empezar, y más cuando el GIEC ha dejado claro en su último informe que los próximos 20 años son decisivos? Estados Unidos, la Unión Europea, Brasil, así como otros países muy vulnerables al cambio climático piensan revisar sus compromisos antes de 2020.

 

Además, 100.000 millones de dólares sigue siendo poco para los países más afectados por el cambio climático (África, países en vía de desarrollo y estados insulares), donde se necesita una adaptación concreta, rápida y eficaz. Según la ONG Oxfam, esos países necesitarían unos 800.000 millones de dólares al año desde ahora hasta el 2050, para poder adaptarse al cambio climático. Esperar hasta 2020 para poner el proceso en marcha en esos países podría resultar criminal.

 

Este acuerdo también deja muchas cosas a la libre interpretación de cada uno, como el artículo 4, que dice que los estados “deben reducir rápidamente las emisiones de forma a llegar a un equilibrio entre emisiones de origen humano y sus almacenamiento durante la segunda mitad del siglo”. Por una parte, no se sabe donde se encuentra el punto de equilibrio, y por otra, tampoco se hace mención de una fecha. Además, esta formulación hace referencia a un “cero emisión” de gases de efecto invernadero, lo que deja sitio a las energías renovables, si, pero también a otras mucho peores como el almacenamiento de carbono, la geoingeniería, …y no implica un cambio de sistema energético y tampoco de modelo de sociedad. Por si fuera poco, este texto no hace referencia alguna a una salida de las energías fósiles ni tampoco a una transición hacia energías renovables.

 

Por consiguiente, si comparamos los resultados de la COP de París a la de Copenhagen de 2009, hemos avanzado algo pero muy poco, pues los resultados de esta COP21 no impedirán la multiplicación de fenómenos climáticos peligrosos para todos y fatales para algunos. Quizás “The Guardian” haya sido quien lo haya expresado mejor: “Comparado con lo que habría podido ser, este acuerdo es un milagro. Comparado con lo que tendría que haber sido, es un desastre.”

 

Mientras miles de ciudadanos desfilaban en la capital francesa (a pesar del estado de emergencia vigente) para formar un mensaje a favor de la justicia climática, los responsables jugaban a ese nuevo juego diplomático. Al final, lo que más claro ha quedado es que los tomadores de decisiones no provocarán el cambio, sino que seguirán los cambios provocados por la sociedad.

 

Próxima cita: COP22 en Marruecos… a ver en qué estado se encuentra nuestro planeta sobrepoblado para entonces…

 

 

 

Caroline Mervaille

Columnista

www.latribunacolus.com

@latribunacolus

 

Comments

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  • Elena (Tuesday, January 05 16 08:00 pm EST)

    Totalmente de acuerdo con el artículo. Nos lo han vendido como un éxito, pero en mi opinión el resultado de la cumbre del clima es muy decepcionante